martes, 30 de octubre de 2012

Sonetos de Neruda


 (de Cien sonetos de amor)
                                                                        Soneto LXI
Trajo el amor su cola de dolores,
su largo rayo estático de espinas
y cerramos los ojos porque nada,
porque ninguna herida nos separe.

No es culpa de tus ojos este llanto:
tus manos no clavaron esta espada:
no buscaron tus pies este camino:
llegó a tu corazón la miel sombría.

Cuando el amor como una inmensa ola
nos estrelló contra la piedra dura,
nos amasó con una sola harina,

cayó el dolor sobre otro dulce rostro
y así en la luz de la estación abierta
se consagró la primavera herida.

Soneto XXIII
Fue luz el fuego y pan la luna rencorosa,
el jazmín duplicó su estrellado secreto,
y del terrible amor las suaves manos puras
dieron paz a mis ojos y sol a mis sentidos.

Oh amor, cómo de pronto, de las desgarraduras
hiciste el edificio de la dulce firmeza,
derrotaste las uñas malignas y celosas
y hoy frente al mundo somos como una sola vida.

Así fue, así es y así será hasta cuando,
salvaje y dulce amor, bienamada Matilde,
el tiempo nos señale la flor final del día.

Sin ti, sin mí, sin luz ya no seremos:
entonces más allá de la tierra y la sombra
el resplandor de nuestro amor seguirá vivo.

Soneto XVIII
Por las montañas vas como viene la brisa 
o la corriente brusca que baja de la nieve 
o bien tu cabellera palpitante confirma 
los altos ornamentos del sol en la espesura. 

Toda la luz del Cáucaso cae sobre tu cuerpo 
como en una pequeña vasija interminable 
en que el agua se cambia de vestido y de canto 
a cada movimiento transparente del río. 

Por los montes el viejo camino de guerreros 
y abajo enfurecida brilla como una espada 
el agua entre murallas de manos minerales, 

hasta que tú recibes de los bosques de pronto 
el ramo o el relámpago de unas flores azules 
y la insólita flecha de un aroma salvaje.


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